¿ Y sobre la música, Bioy?

"Cada vez que pongo discos que me gustan, Brahms, Gluck, algunas cosas de Beethoven, siento que tendría que estar siempre oyendo música, pero lo cierto es que después no vuelvo a oírla"







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Borges y Bioy

Por: José María Pérez Álvarez (Chesi)

El que algunos consideran el más completo escritor de literatura castellana del siglo XX, dada la amplitud y la categoría de su producción (cuento, poesía, prólogos iluminadores, ensayos que insertaba casi al azar en sus escritos y que renunció al género de la novela), Jorge Luis Borges, es el protagonista del libro Borges (Adolfo Bioy Casares, Ediciones Destino, Colección Imago Mundi), 1.663 páginas en las que el autor de Diario de la guerra del cerdo narra sus múltiples encuentros con el autor de El Informe de Brodie y que disgustó enormemente a María Kodama. En el amplísimo volumen están recogidos los encuentros desde 1931 hasta el fallecimiento de Borges.

Durante muchos años se reunieron semanalmente, después casi a diario y, en ocasiones, más de una o dos veces por día. Entre ambos idearon una forma de ver y de entender la literatura, que hoy se nos antoja, acaso de forma equivocada, en exceso romántica: desinteresados de los beneficios económicos, enredados en la relectura de los clásicos, reacios a entender las novedades (su rechazo de Joyce es casi un empecinamiento, el de Sábato roza la crueldad. ¿Para qué hablar de su desprecio por buena parte de la literatura española, excepción hecha de Cervantes, Fray Luis, San Juan de la Cruz y pocos más?), fieles a Stevenson y a Kafka. A veces dan la impresión de ser dos señoritos que disparan contra todo lo que se mueve: Cortázar o Mujica Láinez; a veces, dos sabios desatentos de lo que no sea su entorno; a menudo, dos misóginos conservadores que tienen claro lo que es el mundo o, al menos, lo que debe ser.

Allí están ambos, mano a mano, examinando a los múltiples autores que leyeron y aparentemente empeñados en salvar del olvido a los que ya tienen unas cuantas toneladas de tierra sobre sus huesos y ninguneando a la mayoría de los que todavía están vivos, como si el universo al que pertenecen los dos argentinos fuese un universo ya extinto y en el que se sienten a sus anchas, nostálgicos de un ayer en el que quizá les gustaría haber vivido, Borges en un coronel victorioso y Bioy en un clásico inglés encerrado en un salón con un wkisky, una chimenea, un libro y una mujer.

Se descubre al Borges culto, políglota, certero, mordaz: una suerte de dios clásico que poco a poco va perdiendo la vista, el interés, el ingenio. Lo mejor del libro es, posiblemente, ver cómo, poco a poco, el semidiós envejece, depende de su madre y se enamora a los 70 como un colegial y ya no es capaz de añadir nada nuevo a su gloria y se orina encima o en el suelo y, a pesar de ello, ahí está intacto ese hombre enterrado en Ginebra cuya literatura nos ha dado buena parte de lo mejor del siglo pasado. Y probablemente del venidero, si llegamos a contarlo.

La lectura del libro provoca sensaciones contradictorias: uno no deja de admirar a Borges y a Bioy por su literatura, por su inteligencia, por su generosidad, por su falta de ambición y, a la vez, no se comprenden los dicterios contra los negros, contra los judíos, contra las novedades, contra la democracia. Quizá los grandes nombres de la literatura estén hechos de esa mezcla que, por mucho que pueda irritarnos, forma parte de lo más enriquecedor del ser humano. Entendamos que el genio es oscuro y múltiple: en Rimbaud, al que detestaban, y en Borges.
Fuente: http://www.farodevigo.es
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Lo que sabíamos de Elena Garro

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Elena Garro (México, 1920-1998), autora de una veintena de títulos, entre ellos Recuerdos del porvenir, sobre las revueltas en México. Revolucionaria (pero anticomunista) vivió en más de una ocasión el exilio. Casada con Octavio Paz, conoció a Adolfo Bioy Casares a finales de los ‘40, en un hotel de París. Ella misma contaría: “Mantuvimos una amistad que se prolongó durante veinte años, pero de repente se acabó. Fue un gran amor y creo que yo fui el gran amor de su vida”.

Jovita Iglesias, ama de llaves durante décadas de los Bioy, cuenta (junto a Silvia Renée Arias) cómo terminó el romance. Un día Garro llama a Bioy diciéndole que tiene que viajar a Europa por una enfermedad de su hija, y le pide que les cuide sus gatos. Y les manda ocho gatos de Angora en dos jaulas, desde México. “Pepe fue a buscarlos a Ezeiza. Tenían papeles y todo. Cuando los trajo a Posadas, la señora Silvina dijo: —Ah, no, estos gatos aquí no entran, se quedan afuera.

“Maullaban como locos. Decidieron llevarlos a un hogar para gatos en la calle Gaona. Fueron Pepe y Silvina, y la señora me contó después que había gatos por todos lados, incluso hasta arriba de los muebles. Soltaron allí los gatos de Elena, que eran muy lindos y estaban muy bien cuidados, claro, y los pobres animales se enloquecieron... Después, Pepe iba a pagar por ellos mensualmente. Era una cuota bastante alta. Y un buen día Silvina se plantó y dijo que ya no pagaría por esos gatos, que los soltaran, que hicieran lo que quisieran con ellos. Bioy le había dicho a Elena que los había llevado al campo, que allí estaban muy bien, para que se quedara tranquila. Pero ella, cuando lo supo, se volvió loca. De los gatos nunca más se supo nada”.

Cuenta Daniel Balmaceda en Romances argentinos de escritores turbulentos que también los cónyuges de los amantes Garro-Bioy Casares buscaron un acercamiento. Silvina Ocampo y Octavio Paz se citaron en una esquina de París. “El problema fue que en esa esquina había dos cafés y cada uno fue a uno distinto. Como los dos eran miopes, no se vieron. Es más, los dos se enojaron por el faltazo del otro. Pasados un largo tiempo se enteraron de que los dos habían acudido a la cita”

A 14 años de la muerte de Adolfo Bioy Casares

Adolfo Bioy Casares Foto: Sara Facio

Adolfo Bioy CasaresFoto: Sara Facio

Adolfo Bioy Casares(Buenos Aires, Argentina; 15 de septiembre de 1914 – ibídem, 8 de marzo de 1999) fue un importante escritor argentino que frecuentó lasliteraturas fantástica, policial y de ciencia ficción. Debe, además, parte de su reconocimiento a su gran amistad con Jorge Luis Borges, con quien colaboró literariamente en varias ocasiones. Éste lo consideró incluso uno de los más notables escritores argentinos. La crítica profesional también ha compartido la opinión: Bioy Casares recibió, en 1990, el Premio Miguel de Cervantes.

Bioy nació en Buenos Aires y fue el único hijo de Adolfo Bioy Domecq y Marta Ignacia Casares Lynch. Perteneciendo a una familia acomodada, pudo dedicarse exclusivamente a la literatura y, al mismo tiempo, apartarse del medio literario de su época.Escribió su primer relato, Iris y Margarita, a los 11 años. Cursó parte de sus estudios secundarios en el Instituto Libre de Segunda Enseñanza de la Universidad de Buenos Aires. Luego, comenzó y dejó las carreras de Derecho, Filosofía y Letras. Tras la decepción que le provocó el ámbito universitario, se retiró a una estancia —posesión de su familia— donde, cuando no recibía visitas, se dedicaba casi exclusivamente a la lectura, entregando horas y horas del día a la literatura universal. Por esas épocas, entre los veinte y los treinta años, ya manejaba con fluidez el inglés, el francés (que hablaba desde los cuatro años) y, naturalmente, el español. En 1932, Victoria Ocampo le presenta a Jorge Luis Borges, quien en adelante será su gran amigo y con quien escribirá en colaboración varios relatos policiales bajo diversos seudónimos, el más conocido de los cuales fue el de Honorio Bustos Domecq. En 1940, Bioy Casares se casa con la hermana menor de Victoria, Silvina Ocampo, también escritora y pintora.

Entre sus premios y distinciones destacan la membresía a la Legión de Honor francesa en 1981, su nombramiento como Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires en 1986,1 el Premio Cervantes y el Premio Internacional Alfonso Reyes en 1990 y el Premio Konex de Brillante en 1994. Sus restos descansan en el Cementerio de la Recoleta.
Fuente:http://www.terra.com.ar

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Bioy fotógrafo Por : Axel Díaz Maimone

“Una cámara fotográfica se me antoja un dispositivo para detener el tiempo”

Adolfo Bioy Casares




Adolfo Bioy Casares fue no solo un escritor excelente sino también un notable fotógrafo amateur. Susana López Merino dijo alguna vez que “siempre hubo fotografías de Bioy”. Y así fue. Al principio, por mandato familiar, posó en los mejores estudios de Argentina y Europa; luego lo hizo por iniciativa propia. Finalmente, mientras daba sus primeros pasos seguros en el terreno de la literatura, empezó a transitar el camino de la fotografía (actividad que pronto dejó de ser un hobby para convertirse en una pasión).

Bioy tomó miles de fotografías a lo largo de su vida, a tal punto que en una de las veintidós dependencias de su casa de Buenos Aires -Posadas 1650, esquina Eduardo Schiaffino- llegó a tener su propio laboratorio. Me contó Jovita, una de sus asistentes, que solía encerrarse diariamente es esa habitación a revelar las tomas que había hecho ese día (lo mismo le hará hacer a uno de sus personajes: Nicolasito Almanza, el protagonista de su novela La aventura de un fotógrafo en La Plata).

La afición por la fotografía llegó a su punto máximo en los años ’60. De esa época quedan miles de retratos de familiares, amigos y mujeres que lo atrajeron; y cientos de casas, calles, pájaros, mariposas. Están impresas en el primer papel que encontraba a mano, fuera texturado, brilloso, mate. Algunas de esas imágenes ilustraron libros; otras fueron enmarcadas y ubicadas rompiendo la monótona sucesión de libros de las bibliotecas que colmaban la casa; otras se archivaron en álbumes y carpetas.

En 1962 la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires reeditó el libro de Ricardo de Lafuente Machain -esposo de una prima de Silvina Ocampo, que siempre será recordado por haberle prestado a Victoria Ocampo la quinta de San Isidro donde hospedó a Tagore- sobre El barrio de la Recoleta, y le pidió a Adolfo Bioy Casares una serie de fotografías para remplazar el mapa de Sourdeaux y las ilustraciones de Luis Vernet Basualdo. Las veintiuna imágenes muestran el Cementerio de la Recoleta, la Basílica de Nuestra Señora del Pilar, el antiguo Asilo de ancianos, varias calles, tres estatuas y las escalinatas sobre Agüero. Del conjunto sobresalen dos tomas: una del peristilo de la Recoleta, donde la sombra de las columnas se proyecta en la vereda de la calle Junín, y si uno sigue las líneas trazadas por ambas se forma un ángulo recto; y otra de una esquina que habría sido un almacén y, cerradas sus puertas y ventanas, fue cubierta de afiches de propaganda y logra dar una impresión bastante clara de lo que significan la desolación y la decadencia.

Unos años después, cuando Bioy publicó su Memoria sobre la pampa y los gauchos(pequeño ensayo en el que hecha mano de recuerdos y lecturas para dar una imagen del gaucho criollo, entre afectuosa y nostálgica pero al mismo tiempo certera e implacable), la ilustró con un puñado de fotografías tomadas por él. Son, en su mayoría, retratos de gente de la zona de Pardo, donde estaba la estancia de los Bioy. Aparecen, por ejemplo, la domadora que Alicia Jurado convirtió en protagonista de uno de los cuentos de Leguas de polvo y sueño; peones cocinando carne al asador; carreras cuadreras; y hombres trabajando en el campo.

Por esa época, tanto Bioy como Silvina se hicieron amigos de Sara Facio y solían visitarla en su estudio de la calle Juncal, en Buenos Aires. Sara suele recordar que Bioy le preguntaba si tenía fotos de Borges, y cuando ella se las mostraba él elegía las que le gustaban y se las llevaba. Silvina, por el contrario, iba y se quedaba conversando con ella pero se resistía a posar ante su cámara; el día que accedió, levantó la mano en el momento en que se capturó la imagen, y quedó con la cara tapada por su diestra en una fotografía perfecta.

Entrados los años ’90, Adolfo Bioy Casares tuvo dificultades económicas, originadas en un pleito judicial. La crisis fue tan grande que, según María Esther Vázquez, estuvo a punto de perder su departamento de la calle Posadas. Jovita, por su parte, me dijo que en uno de esos momentos desesperantes tuvo que vender una cámara fotográfica, “y se sentía como si hubiera vendido el alma al Diablo”. Fue ahí cuando dejó la fotografía y se limitó a posar ante quien quisiera retratarlo -fuera un artista de renombre o un desconocido que lo distinguía en la calle-. Sin embargo, por las noches, agarraba alguno de los infinitos álbumes que había armado y pasaba las hojas mirando de un vistazo las imágenes que conocía de memoria, como quien trata de recuperar la alegría de antaño.

Para cerrar estos apuntes sobre la relación de Adolfo Bioy Casares con la fotografía, quiero citar a Pedro Roth. Pedro me dijo, hace poco: “Con Bioy fuimos muy amigos. Era buena persona. Y, como fotógrafo, me gustaba su forma de ver las cosas. Siempre que nos veíamos hablábamos de fotografía, y tanto es así que una vez nos echaron del Jockey Club por hablar en voz alta, porque había una conferencia y nosotros nos entusiasmamos demasiado, conversando sobre cámaras fotográficas”.

La invención de Morel



Bioy Casares se niega a la difusión o al comentario de los libros que precedieron a La invención de Morel, sus primeros libros. Y la primera edición de La invención data de 1940. Se ha dicho de Julio Cortázar que, a pesar de ser un narrador, y de su evolución literaria posterior, tiene ciertos puntos de contacto con la "generación del 40", generación de poetas. Lo mismo podría decirse de Adolfo Bioy Casares, quien a su vez comparte con Cortázar la inicial de admiración de Jorge Borges, la atracción por realismo mágico, el año de nacimiento. Los nexos que vincularían a Bioy Casares con la generación del 40 serían el culto de la mujer, del amor, el interés por el tiempo, por su peso y sentido. Lo más típico de los poetas del grupo mencionado, la nostalgia de la infancia como un paraíso perdido, se dan en Bioy Casares sobre todo a través de sus evocaciones personales, de reportajes de esa década se interesa por contar historias, narrar tramas, dejar de lado la psicología de los personajes, crear y resolver enigmas. Lo residual infantil reaparece no como nostalgia sino como interés por los misterios, los sueños, las aventuras, las dudas sobre el más allá, que según propia confesión, lo intrigaron desde sus primeros años. Desde su primera obra memorable aparece el sentido del rigor en el ejercicio de la escritura, de la coherencia interna que, como una ley, debe respetarse. Y elige para ejercer ese rigor la novela de aventuras fantásticas, a la que impone una estructura sólida, muy consciente de los imperativos técnicos y estéticos que le permitirán exaltar la fantasía y la aventura a la categoría de los valores, sin los cuales la vida y el arte se empobrecerían.-

En 1945 publica la novela Plan de Evasión, esta obra se puede considerar de ciencia-ficción, presenta al mundo como un flujo indeterminado y compacto donde no hay personas ni objetos sino sensaciones. Es decir, sólo se puede conocer a través de los sentidos; si los sentidos se modifican, el mundo también. El autor sitúa su novela en la tristemente célebre Isla del Diablo, en donde todos los reclusos son sometidos por el Gobernador, la presión sobre ellos era tal, que los reclusos se creían en libertad dentro de sus propias celdas. La novela tiene distintos puntos de vista y distintos narradores que usan incluso distinta tipografía.-

En La trama celeste encontramos temas y formas que resaltan la fragilidad de lo real y lo sustancial de lo soñado y lo fantasmagórico. Sin considerar aquí El perjuicio de la nieve, se puede considerar En memoria de Paulina como el más intenso de los cuentos de la colección.-

En De los reyes futuros se vuelve a las operaciones transformatorias: esta vez sobre animales: la apoyatura científica es ahora darwiniana. La técnica de transmisión de lo vivido es, como en otras ficciones, la escritura. Un singular párrafo del cuento parece una crítica a la literatura idealista, a su desconexión con lo real.-

En la novela El sueño de los héroes, un muchacho de barrio, trata de recordar, de recuperar lo vivido a lo largo de tres noches de carnaval, cuyos acontecimientos ha olvidado, pero que intuye esenciales para el conocimiento de sí mismo. El idioma, más popular que en ficciones anteriores es, a ratos, sabroso, en ocasiones, caricaturesco, de un parodismo estereotipado, lo mismo que en Dormir al sol. El culto del coraje, el revertirse trágico de lo soñado sobre el soñador, la mezcla de irrealidad y apariencia importan menos que la tierna presencia de Clara, que la sobriedad del final, que abren nuevas perspectivas en la prosa de Bioy.-

El Lado de la sombra posee datos ficticios, de autores apócrifos mezclados con los reales y así cumple un papel desintegrador que confunde el plano literario con el plano real. Borges usa procedimientos similares, o incluye personas reales, sus amigos, él mismo, en sus ficciones; pero Borges parece obtener un resultado de irónico distanciamiento, mientras que en Bioy Casares cobra un aire humorístico.-

El tema del autor infructuoso, reaparece en Carta sobre Emilia; otros textos del libro se inclinan a la ciencia-ficción: El calamar opta por su tinta, trata en forma humorística el tópico del visitante interplanetario. Los afanes, la invención de una máquina que permite vivir al intelecto, muerto ya el cuerpo. Cavar un foso, es un excelente cuento policial.-

Diario de la guerra del cerdo, novela, es un texto aparte en la escritura de Bioy. Aunque esté fechado, como un diario, nadie lo lleva; está narrado en tercera persona, y no hay variante de narrador. El manejo natural del lenguaje coloquial es auténtico y colmado de aciertos expresivos. El protagonista, evoluciona desde la resignación hasta el interés por la vida, ayudado por el amor de una mujer. Es seguramente su libro más desgarrador, más tensionado, donde lo fantástico es lo arbitrario y lo humano es más profundo y desnudo.-

Dormir al sol, recae en los experimentos que se hacen con cuerpos y almas para conseguir mutaciones. Oscila entre lo humorístico y lo fantástico y, como en las dos novelas anteriores, está ambientada en barrios de Buenos Aires, lejos de las islas de sus comienzos novelísticos.-

En El héroe de las mujeres, Bioy Casares, como autor-narrador, ubica sus figuras temáticas en ámbitos de su propio país. Aún a los narradores de relatos fantásticos les llega la hora de entender que la primera obligación del escritor consiste en conmemorar unos pocos sucesos, unos pocos parajes y, más que nada, a las pocas personas que el destino mezcló definitivamente a su vida o siquiera a sus recuerdos.-

En conjunto, la obra literaria de Bioy Casares mantiene un estilo identificable desde La invención de Morel hasta sus últimas obras publicadas, por la persistencia de los temas y de ritmo de la frase y del párrafo, pero ha logrado con la utilización del lenguaje corriente, cristalizar una técnica que permite el manejo de lo fantástico, lo real y lo humano, del humor, sin menoscabo del rigor inicial, de ese tipo de verosimilitud en la invención que él, alguna vez llamó posible "a fuerza de sintaxis".-


Autora:Micaela Carolina Barroca
Estudiante de 4º Año de Bellas Artes
Colegio Polivalente de Arte


Ushuaia - Argentina


Leer más: http://www.monografias.com/trabajos5/invmor/invmor.shtml?utm_source=Newsletter&utm_medium=email&utm_campaign=09-ene-13#ixzz2HZCUZTIA

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Adolfo Bioy Casares: el fantástico ABC



Fue uno de los creadores más seductores de la literatura fantástica. Pero también el autor y personaje de un anecdotario que refleja la intelligentzia argentina de los ’40: los juegos con Borges, la oposición al peronismo, las lecturas y los viajes. Ahora, más allá de su íntima amistad con el autor de “El Aleph”, sus textos vuelven a iluminarse con la reciente edición de su “Obra completa”..No porque fuera ‘el amigo de’. Un escritor como Osvaldo Soriano admiraba a Adolfo Bioy Casares por cierta soltura (“yo quiero que las palabras sean transparentes”), por cierta perspicacia (“convencer a los escritores argentinos del encanto de las historias que cuentan historias”) y por esas anécdotas que escribió en “Memorias: infancia, adolescencia y cómo se hace un escritor”, aquel libro ideado íntegramente por Bioy que, por cierto, a Soriano le encantaba.

Claro que hay una imagen de ABC: la del escritor aristócrata sentado en el porche de un casco de estancia, ligeramente zumbón, naturalmente elegante, con algún volumen inglés sobre las rodillas. Es fácil imaginarlo tal como aparece en las primeras líneas de “Tlön, Uqbar, Orbis, Tertius” –uno de los mejores y más abismales relatos de Borges– cenando y conversando y riendo a carcajadas con su compañero de ficciones, en salones cuyas paredes están hechas de bibliotecas, mientras la esposa, Silvina Ocampo, junta la puerta para deslizarse en sus propios (y estremecedores) cuentos.

La crónica de esa amistad nos llega, sin duda, con el sonido de las risotadas entre las cuales Bioy y Borges concibieron los diseños policiales de Bustos Domecq (uno de los seudónimos de la dupla), pero nos llega también con la política alergia al peronismo y con la metafísica aversión a los espejos.

Aunque Bioy -hay que decirlo otra vez- era Bioy. Y no se privó de escribir su “Autorretrato”: “Pensé, alguna vez, que mi cara no era la que hubiera elegido (...) Los años infundieron en los ojos un debilitamiento que aparentemente los ha licuado y que volvió su luz más oscura y triste. La mímica, propia de mi natural nerviosismo, dibujó a los lados de la boca arrugas en forma de arcos, o de paréntesis, que transformaron el león joven en perro viejo”.

Fue un hedonista, eso está claro. Practicó el placer, no como Borges. Dijo cierta vez que sus textos los sometía antes que a nadie al juicio de alguna mujer, que sus amigas eran su tester literario. Como su cuñada, Victoria Ocampo, fue un ser social; al revés de su esposa, Silvina Ocampo, que preferís ser íntima.

Era lógico que, aún a los 84, declarara que le atraía la inmortalidad: “Porque la vida me parece más divertida que la muerte”. El dolor -supo y escribió- es intransferible.

La trama invisible

Desde hace ya unos cuantos años (al margen de los homenajes a Borges), la escritura de ABC está siendo revalorizada en su singularidad, su desahogo, su sentido del humor, su acertadísima falta de énfasis. Y sus mundos posibles, claro. Porque, ¿quién no se enfrentó con la duda (esa que nos interpela sobre nuestra consistencia, sobre aquello que llamamos realidad) al leer “La invención de Morel”? Recordemos lo que Borges escribió como prólogo a la obra de su amigo en 1940: “He discutido con su autor los pormenores de su trama, la he releído; no me parece una imprecisión ni una hipérbole calificarla de perfecta”.

Está en Bioy, como en Borges y Cortázar, esa duda fantástica y barroca: la confrontación entre el objeto y su reflejo, la imaginación y la percepción, el sueño y la vigilia, la locura y la cordura, la obra y el autor.

Hay, de una manera específica, la intención de provocar cierta vacilación, esa ‘inestabilidad metafísica’ de la que tanto abrevó, más cerca de estos tiempos, la serie “Lost” y que consiste, básicamente, en confundirnos al tratar de respondernos ‘qué es lo real’. Vacilación que no elimina los universos paralelos ni, claro, la abismal insinuación de que, si los personajes de un cuento pueden ser lectores o espectadores, nosotros, sus lectores o espectadores, podemos ser pura ficción.

Una edición justa

Por estos días, el primer volumen de la “Obra completa” de Adolfo Bioy Casares sobresale en los escaparates de novedades de nuestras librerías. Consiste en un arduo trabajo de recopilación crítica de su obra publicado por el sello Emecé. Se trata, concretamente, de un libro de casi 800 páginas que abarca los escritos publicados entre 1940 y 1958.

Están los clásicos del período, desde “La invención de Morel” hasta “El sueño de los héroes”, pasando por “Plan de evasión”, aunque también fueron incluidos bosquejos, hasta el momento inéditos, de argumentos de cuentos y novelas. También aparecen todos los textos que Bioy publicó en revistas literarias.

La edición estuvo a cargo de Daniel Martino, quien realizó un pormenorizado estudio de los manuscritos conservados en el archivo del escritor. Cada obra de Bioy Casares está acompañada, así, de múltiples elementos que complementan la lectura. El volumen, dedicado a Jorge Luis, también incluye varias ilustraciones de Norah Borges. 

Por:   Mariana Guzzante - mguzzante@losandes.com.ar

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